Arquitectura Origami

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Tarjetas Pop-Up de Arquitectura Origámica por Kami Kaze.
Imagen vía http://librospopup.blogspot.com/

Debo reconocer que cuando estaba en la universidad, el construir maquetas a escala resultaba una de las faenas más torturantes que tenía mi carrera. Y eso que en nuestro caso privilegiábamos como material el papel blanco y ligero. A lo más utilizábamos cartulina opalina, por ser extremadamente blanca. Pero nada de lo que acostumbraban otras escuelas con maquetas en corcho, ultra caras, con arbolitos de esferas de aislapol, placas terciadas y acrílicos con pernos y bisagras.
Aún así, eran para mi agotadoras de hacer. No importaba lo simple que fueran me tomaba horas cortar el papel con el cartonero y unir las piezas con el adhesivo.
Trabajábamos varios días y sobretodo las últimas noches. La fatiga me llegaba inexorablemente en la madrugada y se sumaba a las ojeras, el dolor de cabeza, los espasmos musculares y la sangre que había derramado por rebanarme los dedos con la cuchilla o el filo del papel.

Pero lo bueno estaba en como hacíamos para llegar a la escuela con al maqueta. Yo y otro compañero vivíamos en un cerro de la ciudad de Valparaíso y la escuela estaba en otro cerro de la ciudad de Viña del Mar. Ambos éramos pobres así que los recursos los gastábamos en todos los materiales para hacer las láminas de presentación y las maquetas, de modo que ni soñar con gastar en pagar un taxi o algo por el estilo (ambos éramos de afuera así que tampoco teníamos familiares con autos). Lo que solíamos hacer era bajar al plan con la maqueta en brazos y las láminas enrolladas en la espalda, para usar el transporte público. Había que hacerlo con cuidado, ya que con el modelo al frente de tu cara no veías nada, además de que ibas caminando en bajada. Las veredas solían estar rotas y plagadas de mierda de perro. Un paso en falso y terminabas “de guata” en el suelo y con la maqueta aplastada. Además, los vientos que subían por el pie de los cerros en verano, constantemente intentaban arrancarnos la maqueta de las manos. Les poníamos unas bases de cartón corrugado muy grueso (que costaba más de la mitad del presupuesto), para que no se deformaran por el viento, y en caso de salir volando, “planearan” suavemente hasta el suelo sin romperse.

Cuando por fin llegábamos al plan de la ciudad, esperábamos el “micro-bus” en el paradero (que por suerte no solía ir muy llena) y cuando paraba, le hacíamos señas al chofer para que nos abriera la puerta de atrás. Allí, otra vez había que manejarnos con cuidado, aguantando los “zangoloteos” del cacharro, que subía y bajaba por los cerros camino a la escuela. También había que tener ojo con los niños mirones que querían tocar la maqueta, además de responder educadamente a las mamás que preguntaban: -y eso joven… ¿qué representa?-. Por supuesto que a veces, todo este periplo dañaba las maquetas, por lo que nos preocupábamos de llevar con nosotros, más papel y pegamento para arreglarla en la escuela, si hacía falta.

Llegando a la escuela, había un montón de cosas que cuidadosamente debíamos coordinar: había que montar la exposición, sortear lugares en la sala, colgar las láminas, arreglar la maqueta si estaba rota, y luego dedicarte a “sapear” las presentaciones de tus compañeros. Esto último era clave, ya que por lo general, el cabrón-mateo-del-curso se instalaba a tu lado y su maqueta era más grande que la tuya y su lámina de presentación era el doble de densa en contenidos y dibujos. Cuando eso pasaba, había que buscar otro lugar donde el “entorno” fuera más equilibrado y no generara subjetivas comparaciones en el profesor.

Colgar la lámina era otra “fruncia”… Te habías pasado más de la mitad de la noche haciéndola, y los formatos en que la pedían solían tener más de dos metros de largo, por lo que costaba colgarla. Casi toda la tarde le ayudabas a colgar láminas a tus compañeras más baja estatura. Cuando llegaba el turno de presentar la tuya, descubrías que por traerla enrollada en la espalda, ahora estaba toda arrugada. Para variar además, los “chinches” los habías perdido o los tenías clavados en el trasero, por tantos saltos en el destartalado bus.
Al final, después corregir la postura de la lámina por enésima vez, ya que siempre suelen quedar un pelín chuecas, colocabas la maqueta a los pies de tu presentación, limpiabas manchas, estirabas arrugas y abandonabas el lugar, con una satisfacción como nunca uno había sentido en todo el largo semestre.


Video subido por zeilboer
Más videos de sus trabajos: http://www.youtube.com/user/zeilboer#p/a


Video subido por fuzzywuzzy691

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5 Comentarios.

  1. Interesante su relato de los años de carrera!
    Solo apuntar que lo que nos muestra se llama “kirigami” puesto que se usan cortes para crear los volumenes. Gracias

  2. Lalua: Gracias por tu comentario y aclaración. No conocía el término.

  3. Bueno, que quieres que te diga!! tuviste que pagar no más por la maqueta ordinaria que hiciste en cuarto medio… :-D
    Y todo lo que comentas del “cabrón-mateo-del-curso”, más de un compañero se ha referido a tí en esos terminos!!! jajajaja….
    Como pecas pagas!!!! :-)
    Un gran saludo!!!! “Andrés” ;-)

  4. Tripadre: Cue, cue, cue… hablan los picados resentidos de más de veinte años… ¡Supéralo!
    XD

  5. jajajaja…eres tú el que no puede borrar la mancha en tu historial…
    OBS: Todavía no pasan 20 años, aunque estamos cerca!!! ;-)

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