Tengo un sobrepeso de diez kilos. Maldición, maldición, maldición…
No importa cuanto camine hasta la estación del metro o cuanta ensalada coma en el casino de la empresa, no bajaré. La vida de estilo típico no basta. El ser humano no nació para estar sentado, ni para andar en auto, dice mi padre. Así que no queda más que comenzar a hacer ejercicios. Lo más práctico es usar el gimnasio de la empresa. Hay máquinas, colchonetas y un instructor con cara de imberbe. Creo que lo haría bien con las bicicletas. O con la trotadora, que me marea hasta sentir mi espíritu desdoblado. Hay otras con pesas y cables que no recuerdo como se llaman, pero no me gustan mucho. No me cansan en exceso, pero odio el estar arreglándoles sus pasadores y roldadas que se sueltan. Quedo con los dedos engrasados como si fiera mecánico.
Con la tenida no tuve problema. Estaba esperando hace casi dos años para ser usada. El buzo extrañamente parece más suelto que cuando me lo probé por primera y única vez. Y recién ahora me doy cuenta que las zapatillas (regalo de otra navidad pasada), tienen tantas curvas y protuberancias curiosas, que espero no enredarme en la bicicleta con ellas.
Pero ya estoy dispuesto. Incluso me compré una pesa de baño para celebrar cada kilo restado a la gordura. Creo que sumando y restando lograré la meta. En todo caso, mi trabajo en esta empresa consiste en inspeccionar la construcción de una escalera de emergencia, por lo que deberé subir y bajar sus 17 pisos.







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