Fin de semana en Valparaíso.

Este fin de semana viajé a mi recordado Valparaíso. Visite nuevamente sus calles, plazas y cerros, recordando aquellos años de estudiante porteño. Aún recuerdo como era un fin de semana típico. Donde lo más importante que hacía el sábado en la mañana, era visitar la tradicional feria de antigüedades de la plaza O’Higgins. Aún recuerdo el sonido agudo de una brillante vitrola, que en un increíble buen estado, tocaba incesantemente canciones y tonadas. Recuerdo el brillo de la platería, colocada sobre mesas y muebles de madera. Dispuesta en orden ante la mirada de los transeúntes. Era un suelo lleno de objetos refulgentes, algunos. Otros de losa y porcelana blanca, que desfilaban bajo mi vista impertérrita. Libros de tapas descosidas. Revistas apiladas. Sombreros, armas, sables, monedas, estampillas, baúles, cuadros, juguetes de lata, arañas de cristal. Un sin fin de objetos disociados. Huérfanos. Vueltos a juntar a la fuerza en los puestos de venta.
Y aunque no me gustaban las antigüedades, los observaba con curiosidad.
Nunca compré nada. Salvo algunas plumillas de resistente acero, que usaba para dibujar mis croquis con tinta china. Y alguna que otra revista de ciencia ficción, de los años 60. Recuerdo también lo que compró mi compañero de cuarto. Un añoso libro de ajedrez: “”Alekhine. Mis mejores partidas””. Con el que pulió su innato talento, a tal punto que, mientras yo paseaba entre los feriantes, el se daba maña de jugar y ganar encarnizadas partidas con los ancianos y aficionados que se ubicaban al otro extremo de la plaza.


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Sector Aduana. Valparaíso.


Museo a cielo abierto. Valparaíso, Cerro Bellavista.

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