Reflexiones sobre la Escala Vertical de Santiago.

Años atrás publiqué el que fuera mi único artículo, y que salió en la revista ARQ Nº40, en Noviembre de 1998. Este se tituló “reflexiones sobre la escala vertical de Santiago”, y correspondió a un trabajo realizado dentro del programa de Magíster en Arquitectura. Debido a problemas de espacio, el documento publicado terminó siendo una síntesis del original. Hoy, por azar, he encontrado el texto completo del artículo, el cual paso a continuación a publicar en extenso:

leer más…

PRIMERA PARTE
La percepción

La observación de diferentes instancias por medio del croquis tiene como finalidad el acercarnos a la constatación de fenómenos espaciales por medio de un método “próximo”, en el sentido de ser éste una experiencia reconocible por todos.
Fue así en tiempos del Santiago Colonial (y aún hoy), donde la menor escala perceptible a nivel urbano (pensemos en la perspectiva de una trama de ciudad ortogonal, el damero) era la media cuadra.

Al decir reconocible, nos referimos a la posibilidad de vivenciar el fenómeno para luego estructurar un orden a partir de esa experiencia. En este sentido la cuadra de la ciudad fundacional es una magnitud “padecida” por cada ciudadano. Diariamente la recorren y la viven, volviéndose en “lo común” de todos.

Decimos escala, pues es el modo en que la ciudad de esos años establecía una relación de su magnitud de trama para con el habitante. Se trata de un lenguaje de presentación (la ciudad se origina en ese elemento) y de representación (la ciudad se dibuja y cuantifica).

Ahora bien, hay que volver a medir los fenómenos de la ciudad a partir de este lenguaje. ¿No podrían éstos establecer un conjunto de referencias que permitan darme una orientación espacial con la cual cuantificar y cualificar mi entorno? Medir con el “cuerpo” es un acto más asequible a todos. Además, este marco referencial es conformador de una escala humana, la escala del cuerpo.

Percibir los fenómenos involucra “incluirnos en el mundo de los fenómenos”, con la clara intención de validar todas sus consecuencias. En este sentido, Merleau Ponty aclara sobre la dimensión del observador en su acto de estudio.

“La Reflexión no puede ser plena, no puede ser una clasificación total de su objeto, si no toma conciencia de si misma a la par de sus resultados”.
“El Percibir y el pensar están íntimamente ligados al objeto y no son disociables”.

La relación entre la posibilidad de una escala del cuerpo y un marco de percepciones orientadoras es expuesta por Juan Borchers en su libro “Meta Arquitectura”, donde nos hace ver, en su crítica a “el modulor”, el cuidado en no confundir la idea de escala humana con la de medida:

“La confusión entre escala de proporciones y escala humana, tal como aparece en el “modulor” de Le Corbusier, significa la pérdida de la escala humana… se trata de dos cosas diferentes que actúan conjuntas en el dimensionamiento y no cabe confundirla en una sola y única escala de proporciones como… en el modulor: frente a las tres dimensiones ha de concurrir, pero separada, la escala humana como un factor complejo”.
Para Borchers, el cuerpo no es un generador de medidas, en el sentido del metro:

“A mi entender esta inquisición (la búsqueda del canon proporcional humano), que data como obra explícita, desde la obra de Vitruvio, carece de importancia esencial en arquitectura”.

“…Pero es más, las medidas aisladas tomadas del cuerpo humano externo serán, arquitectónicamente hablando, parcialidades, pues en arquitectura estamos con la totalidad de nuestro organismo en todo momento de manera ineludible”.

Y esto se ve ejemplificado en la cabeza orientada que Borchers nos enseña.
Borchers establece de ella un grupo de coordenadas fundamentales para establecer una orientación (sin este cuerpo ¿cómo podríamos orientarnos?)

“La orientación, si es una propiedad de que la arquitectura no puede prescindir”.

Así, quedamos en la idea de que la escala tiene directa relación con la posibilidad de la percepción, en el sentido de darnos una orientación.

Podríamos ver otras herramientas en lugar del croquis, pero por una afinidad entrenada en años de estudio universitario, nos inclinamos por ella, a la espera de lograr una constatación de hechos observables en una dimensión distinta a la mera descripción pragmática y detallista, que tiende a dejar sin referencias contextuales.

SEGUNDA PARTE
El Campo

Volviendo al tema de la gran escala en Santiago, la observación de la ciudad pasa por una primera instancia lógica que es el registro que de ella disponemos. Es en este punto donde la “representación” planimétrica da las primeras luces para establecer qué cuerpo, de gran escala urbana, vamos a estudiar.

Ya dijimos que la “trama Damero fundacional” se “presentaba y representaba” por la escala de la cuadra y la media cuadra. Ahora bién, en la ciudad actual la planimetría no es tan perceptible ni directa como entonces (un plano urbano es el calco de una fotografía aerea, dimensión y escala desconocida para la mayoría). Sin embargo, podemos ver cómo aparecen nuevos órdenes estructuradores; estos son las avenidas y redes viales que conforman una nueva trama de ciudad.

¿Qué es lo que en el fondo constatamos?

Vemos una nueva estructura que articula cada área, incluso lo interior y lo exterior de la ciudad. En el caso, por ejemplo, de la circunvalación de Américo Vespucio, ésta establece un marco contenedor de toda la ciudad constituyendo un “dentro y fuera urbano” (la reglamentación de restricción vehicular se maneja en estos parámetros). Por otro lado, lo que con anterioridad era el eje conformador de la ciudad (Av. Alameda), hoy es uno más de un conjunto de trazos radiales inscritos en este anillo. Resulta lógico suponer, que una dimensión perceptible de este conjunto es la distancia desde el centro al borde del anillo (la distancia diametral es sin duda la más grande, sin considerar el perímetro del anillo mismo). Hoy en día, la ciudad y el habitante marcan sus referencias y tiempos en base a estos lineamientos. A partir del automóvil, nos esforzamos en cuantificar y manejar la distancia y tiempo al centro de la ciudad, incorporándolo a la rutina de nuestra conducta diaria.

Pero en la circunscripción de este anillo, ha surgido nuevamente la corporización de un eje transversal (no diametral o radial). La avenida Alameda remarca su transversalidad, a partir de dos aspectos:
Uno es que, junto a la ruta 68, conforma un recorrido orientado intencionalmente al borde continental americano. El borde Pacífico se muestra al traspasar el umbral de la quebrada de Santos Ossa en Valparaíso, a la cual se accede directamente (¡90minutos, milagro de la máquina!), desde un borde del Santiago anillo.
El otro es la construcción de obras a lo largo del eje centro Alameda – Providencia – Apoquindo. Éstas crean un ritmo espacial a lo largo de su constante presencia como hitos bordeando la avenida.

Pero a su vez, al mirar a través de la ciudad hacia una lejanía en el oriente, caemos en la cuenta de que debemos remitirnos a un campo referencial más vasto, una perspectiva de continente. Y es que hoy es posible y necesario considerar la inserción de nuestras ciudades americanas en su espacialidad continenta
l, como forma de descubrir el sentido que tiene su ocupación en la extensión.
Nuestra espacialidad a lo largo del cordón cordillerano y el borde continental es un campo que estructura nuestro sentido de pertenencia y nuestras orientaciones.

La relación entre el edificio como cuerpo, la vialidad como espacio urbano y el masiso andino como dimensión vertical américana, son el contexto donde ha de buscarse el nuevo campo orientador de esta Macro Escala Urbana.

TERCERA PARTE
La observación

Voy caminando por el Parque Almagro, observo, dibujo mi entorno; lo inmediato, la lejanía. Todo en un tránsito constante desde un extremo al otro (diez a quince minutos de caminata ininterrumpida).

¿Que es lo primero que veo durante este tiempo?
Mi primer registro (el croquis) me muestra una intención de querer atrapar la máxima lejanía desde mi punto de visión.
Esta lejanía es dada por las obras presentes.
Consideremos que si camino por en medio de los árboles, el parque se me muestra cerrado, hermético espacialmente al exterior. Sin embargo, aparecen de pronto cuerpos de edificios, que no estando próximos, se suman al campo interior del parque. Cuerpos donde su “aquí” es en otro lugar y a la vez en el mío: La Basílica de los Sacramentinos; la Torre Entel, etc.
La primera resulta singularmente protagónica, puedo verla lejana y con solo caminar unos pasos verla más cercana que otros objetos circundantes.
Me aproximo a ella y descubro cuan difícil es abarcarla en la mirada. Mi percepción queda atrapada en cada forma individualizándola a tal punto, que es imposible verla de una sola vez o en su conjunto.

Esta obra, se encuentra en una relación escalar con mi ojo. Es decir, la máxima lejanía a la obra, se establece en su relación con el observador al mostrarse con un equilibrio de sus partes, que llamaremos “simultáneo”. Cuando la Basílica se aproxima, es porque la cúpula comienza a manifestar una escala distinta al conjunto. Es como si cada parte tomara una nueva proporción en si misma. A esto puedo llamarlo “en sucesión”, (esto, pues a medida que me acerco, la obra se mostrará escalarmente, desde lo general a lo particular de su estructura).
El paso de la obra, desde lo simultáneo a lo sucesivo, es posible entenderlo y cuantificarlo, solo si logro establecer una orientación con respecto de ella. Por ejemplo, si yo estableciera “momentos …” en la extensión del parque, a partir de los que mi escala-ojo dictara, en relación a la Basílica.

Ahora bien, si yo viajo a la ciudad de Valparaíso desde Santiago, soy testigo de una magnitud que es en ” Sucesión”. Y es que, desde mi ventanilla puedo ver como cada pueblo, cada túnel, cada paso, se vuelve en un “momentáneo” de esta distancia, (los anuncios y letreros se vuelven mas próximos en su momento que el pueblo mismo).

Por otro lado esta distancia se presenta espacialmente en una escala de la extensión que es en “Sucesión”, como la que se observa desde cada umbral de túnel, donde se queda uno con la mirada “abierta” abruptamente, a una nueva cota de nivel.
La escala de referencia, en cada momento de la travesía, cambia de golpe, dejándonos con la mirada en un estado “abisal”.

Pero aún más, si miramos a Valparaíso vemos que ésta se vuelve, diremos en forma “apasionada” hacia el océano Pacífico. La otra gran magnitud de extensión escalar (y sin embargo nosotros que estamos al interior frente a la cordillera de los Andes, hemos velado nuestro apasionamiento por este trazo vertical continental).

Toda esta experiencia va armándose en una continuidad hacia el centro del Santiago anillo. Donde podemos caer en la cuenta, de este “tiempo en sucesión” que se ha armado, a lo largo de un eje, que no es del peatón sino del vehículo. Por lo tanto, se parte observando la avenida con ese tiempo y esa velocidad.

Notas
Ver plano de Santiago fundacional. (Lam. 01)
M. Merleau Ponty/ Fenomenología de la percepción /Ed. Península/ Junio 1975 1ª Ed. en español (p.83).
M. Merleau Ponty/ Fenomenología de la percepción /Ed. Península/ Junio 1975 1ª Ed. en español (p.382).
Extractos de “Institución Arquitectónica” de Juan Borchers y citadas por Jesús Bermejo en su tesis doctoral “El Espacio arquitectónico como Institución.” p.164 – V.1
Ver “Meta Arquitectura” de Juan Borchers, Ed. Mathesis, 1975 pp. 39, 228
Ver “Institución Arquitectónica” Ed. Andrés Bello, 1968 p.154

Para Borchers la espacialidad de la cabeza, (y por ende del cubo), nace del “encuentro” de diferentes percepciones dimensionales(el arriba, abajo, etc.) Sin embargo, la serie numérica que genera no es un lenguaje tan simultáneo. Esta abstracción obedece a otra escala perceptiva, en el sentido de ser la visión próxima de la estructura de un cuerpo orientado.